De vez en cuando, le robaba algún beso, que se convertían en
el logro del día debido a la escasez de los mismos. Sabían a culpa, pero eso
solo los hacían aún más deliciosos.
Un par de veces
llegamos a las puertas mismas del sexo. Nos enajenábamos en febriles manoseo, apurando
cada caricia, atragantándonos con la lujuria, hasta que la penetración es inminente.
Y de repente, salta un resorte en la cabeza
de ella, parando en seco todo el engranaje muscular. Hay pocas cosas más
frustrantes que invocar una erección en vano.
La inestabilidad de
nuestros clandestinos devaneos, se hacían más evidentes a cada semana que
pasaba. Hasta que sin previo aviso se rompió el encantamiento, y simplemente
dejó de hablarme, continuando con su vida como si nada hubiera pasado.
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