lunes, 29 de octubre de 2012


De vez en cuando, le robaba algún beso, que se convertían en el logro del día debido a la escasez de los mismos. Sabían a culpa, pero eso solo los hacían aún más deliciosos.

   Un par de veces llegamos a las puertas mismas del sexo. Nos enajenábamos en febriles manoseo, apurando cada caricia, atragantándonos con la lujuria, hasta que la penetración es inminente. Y de repente, salta un resorte en la cabeza  de ella, parando en seco todo el engranaje muscular. Hay pocas cosas más frustrantes que invocar una erección en vano.  

   La inestabilidad de nuestros clandestinos devaneos, se hacían más evidentes a cada semana que pasaba. Hasta que sin previo aviso se rompió el encantamiento, y simplemente dejó de hablarme, continuando con su vida como si nada hubiera pasado.