Tras un rutinario día de desasosiego espiritual, se me antojó una buena novela que me abstrajera de una realidad tan terriblemente aburrida.
Me dirigí a una librería próxima a mi casa. Nada más entrar percibí el áspero aroma a papel envejecido, olía a sabiduría languidecida, a presunta erudición, a enajenacíón genial; me encantaba ese olor. El dependiente me miró con indiferencia, sin molestarse en saludarme, era un tipo flaco y escueto de alborotado pelo negro con pinta de grasiento, y una nariz ganchuda, que soportaba el peso de unas gafas horrendas de montura octogenaria-no había un cliché más obvio para encargarse de la tienda-pensé.
Me dí una vuelta por el recinto, ojeando los tomos que descansaban en las raídas librerías, que ocupaban las cuatro paredes del local. Hasta que mi mirada se posó en uno que llamó poderosamente mi atención. Era un ejemplar muy grande y grueso, de cubierta rojo intenso y un extraño ojo negro impreso en su portada. El ojo parecía devolverme la mirada con singular escrutinio. Lo tomé en mis brazos sorprendiéndome de lo pesado que era. Se lo llevé al apuesto galán que me cobró los 15€ que costaba sin decir ni mú, y me fui alegremente a mi casa.
Después de ponerme cómodo, me senté en mi destartalado sofá. El extraño libro no tenía titulo ni prólogo, la narración se iniciaba con premura en la primera página. Empecé a leer:
Cansado de la rutina diaria, se me apeteció una novela que me distrajera de tan prosaica realidad. Me encaminé a una librería cercana a mi casa. Nada más entrar me embargó un denso olor a papel envejecido, aunque era aficionado a la lectura, nunca me gustó ese olor.
El dependiente me saludó cordialmente, era un tipo alto y atlético con pelo corto y rubio-no le pega ser el dependiente-pensé. Llegados a este punto del relato, podéis imaginar mi consternación, con una mezcla de miedo y curiosidad continué leyendo; anduve por el local colmado hasta los topes de libros, hasta que me encontré con una que me llamó la atención. Era un tomo grande y gordo, de un negro azabache solo interrumpido por el dibujo de un extraño ojo rojo dibujado en su portada. Lo cogí, y se lo llevé al simpático encargado, no sin esfuerzo, pues pesaba lo suyo. Pagué 20€. Al parecer, los libros costaban más caros en esta realidad paralela, o lo que coño sea. Me fui a mi casa, me senté en mi cómodo sofá y empecé a leer. El relato seguía con una nueva narración en primera persona de alguien que iba a una librería, se compraba un libro con un ojo en la portada, para luego ir a su casa y leer otro nuevo relato de alguien que hacía lo mismo, y así sucesivamente. Variando cada vez en pequeños detalles, tales como la fisonomía y personalidad del dependiente, o el color del misterioso libro.
Tras media hora leyendo, me harté de este sin sentido, y tiré el libro al suelo. Enseguida pensé, que a lo mejor, si continuaba leyendo lo suficiente, acabaría descubriendo que mis otros ¨yo¨ literarios hubieran hecho lo mismo. Aunque si el libro contaba una y otra vez, la experiencia de cada sujeto hasta que empezaba a leer la historia del otro, no habría nunca final, y aunque Obviamente el libro tenía un número limitado de hojas, se me antojaba infinito, como dos espejos frente a frente. Me tumbé en mi cama exhausto de tanta irrealidad rallada en la fantasía. Y mientras miraba el techo blanco, cuyo color seguro que era uno de esos matices variables, me pregunté si alguien me estaría leyendo a mi.
Muy surrealista.
ResponderEliminar¿Qué pasó al final de la historia en el libro del ojo?
Un libro sin título es demasiado misterioso..
Yo me hubiera imaginado que era algún tipo de señal del universo intentando advertirme sobre algo-